Uno de los primeros estudiosos en realizar excavaciones sistemáticas de la Roma  Antigua, fue Rodolfo Lanciani,  ingeniero y estudioso que llega a Roma, apenas ésta es transformada en   Capital del Reino de Italia (1870).  A los 25 años,  Lanciani es nombrado Secretario de la recién nacida Comisión Arqueológica Comunal que le permitió realizar los primeros estudios profundos a través de excavaciones miradas a descubrir la ciudad histórica.   En el momento de su muerte, en el 1929, dejó un legado de 120.000 fichas empastadas en 95 grandes volúmenes,  que pasó a engrosar la Biblioteca Vaticana.

 

La cosa curiosa es que sus libros nunca fueron publicados en Italia, antes de su muerte,  pero sí traducidos y publicados en inglés a fines del siglo XIX. La traducción de ellos, en Italiano, comienzan a ser editados casi un siglo más tarde, es decir a finales del siglo XX.

Uno de estos libros, que en inglés se llamaba Destruction of Ancient Rome, editado en Italiano en el 1986, es un documento extraordinario de los descubrimientos llevados a cabo por este estudioso en sus treinta y cinco años de investigación.

La pregunta   con la cual Lanciani parte es   ¿quienes fueron los destructores de la Roma Antigua?,  y después de años de investigación, no logra una respuesta única. Parte  analizando la grandeza de    Roma Antigua y lo que él encontró en sus más de 30 años de trabajo. Por ejemplo, que el Circo Máximo,  según el “Boletín Comunal” del 1894, habría tenido una capacidad de 150.000 espectadores , cuyos  asientos de piedra y mármol, habrían alcanzado una  extensión aproximada de 75 kilómetros. “No apareció  siquiera un fragmento e ignoramos completamente cómo puede haber desaparecido esta enorme masa de material sólido” dice el Lanciani.

Los documentos antiguos hablan de un Estadio (hoy Plaza Navona) donde entraban 30.088 espectadores; de un Odeón con 11.600 asientos o del Teatro de Balbo  con  11.510; mientras el Teatro de Pompeo acogía 17.580 espectadores. De estos edificios de piedra y mármol no existe huella alguna.

“Podemos admitir -dice el Lanciani- que los agentes naturales hayan contribuido a la demolición de los edificios antiguos: incendios, inundaciones, terremotos y el lento pero inexorable proceso de desintegración debido a la lluvia, el hielo o las variaciones de temperatura. No obstante, transformaciones tan radicales, destrucciones de tal vastedad,    pueden sólo deberse a al intervención del hombre”.

Los distintos autores que  han escrito sobre la decadencia y la caída del Imperio Romano, tienen variadas  explicaciones a este fenómeno, todas con algún grado de verdad. Sin embargo, según el Lanciani: “podemos descartar,  desde ya,  la opinión más difundida, que acusa a los bárbaros la desaparición de los monumentos de Roma: como si éstos se hubieran divertido, durante sus rápidas incursiones, en hacer polvo, por ejemplo, los 75 kilómetros de asientos de mármol y piedra del Circo”. El objetivo de los bárbaros era la de llevarse objetos de valor fácilmente transportables o metales fundibles para sus armas y Roma, rica de bronces traídos de Grecia,  era riquísima de material.

Pero también esta destrucción se debió  a los mismos habitantes de Roma, que en su desesperada defensa de Roma, después de la caída del Imperio Romano de Occidente, quedaron huérfanos de defensa y municiones. Conocido es el evento del 536 cuando desde la antigua sepultura de Adriano, ya convertida en fortaleza defensiva (hoy Castel St. Angelo) los romanos lograron detener el asalto de los Godos, lanzándoles desde el alto, obras de arte griega que adornaban dicha tumba.

A este tipo de destrucción, también contribuyó la necesidad de transformar Roma, de ciudad pagana en ciudad cristiana. Como es el caso del templo de Venus y Roma, que se encontraba de frente al Coliseo y construido por Adriano en el siglo II. En el 663 el Papa Onorio I, con el consentimiento del emperador Eraclio, sustrajo las tejas de bronce dorado del techo de dicho templo, para decorar el techo de la Basílica de San Pedro, es decir dicho templo estaba todavía intacto. Mientras que en el 663, cuando  vino a Roma, el Emperador cristiano Costante,  en solo doce días de visita, no sólo se llevó una infinidad de esculturas de bronce sino que  desmontó las tejas de bronce que cubrían la cúpula del Panteón, a pesar de que éste había sido transformado ya en iglesia católica.

Es decir, dejemos de lado a los bárbaros, en la historia de la destrucción de Roma, los “bárbaros” fueron otros.